Páginas

martes, 12 de febrero de 2019

El violín encantado XXV.


El carpintero siguió dando carcajadas un rato más, tumbado en la hierba verde, mientras que Pèrlav se acercaba cautelosamente al violín y se sentaba frente a él para examinarlo con renovada atención. Finalmente se decidió a hablar con él:

  • De manera que puedes hablar.
  • Sí.
  • Hummm... ¿Y cómo es eso posible, señor violín?
  • Ya se lo conté a Admir. Y a ti no te lo voy a contar, entre otras cosas porque me caes mal. De haber sabido que eres un impresentable pellizcador, no habría prestado mi ayuda para liberarte. Desagradecido... En lugar de darme las gracias, a la primera ocasión que has tenido te has puesto a hurgar con tus deduchos entre mis delicadas cuerdas. Que sepas que ODIO la técnica del pizzicato. No vuelvas a hacerlo, o te juro que invocaré un rayo para que castigue tu osadía.
  • Guau, pues sí que habla.
  • Vaya, vaya, además de un condenado patán, encima eres más bien tontico ¡Pues claro que hablo! Mira. Hablo. Hablo. Hablo. Hooolaaaa.

Pèrlav volvió a alejarse del violín y se sentó al lado de Admir, que ya había parado de reírse y ahora contemplaba la escena.

  • Pues sí que habla ¿Cómo es posilbe?
  • Fue todo muy extraño – respondió Admir -. Hace unos cuarenta días salí a dar un paseo por el monte. Allí me sorprendió una tormenta. Busqué refugio en un gran tronco hueco, y mientras esperaba a que la tempestad amainara un rayo cayó sobre un abeto solitario, incendiándolo y arrancando de él un trozo de madera negra. No sé por qué algo me empujó a recogerla del suelo y llevármela a casa. Una vez allí, en mi taller, la trabajé hasta construir un violín. El resultado... lo acabas de ver con tus propios ojos.
  • Guau.
  • Venga, vente conmigo, que vamos a hablar con él. Creo que Alur y tú no habéis empezado con muy buen pie. Voy a intentar mediar entre vosotros para que hagáis las paces.

No hay comentarios:

Publicar un comentario